“Quieren un Tiger Woods, pero no dejan que sus hijos disfruten"
El mentor de los nuevos talentos del golf en Fincas de San Vicente, Ricardo Aranda, conversa sobre el rol del docente y el ego en el deporte.
Escrita por Camila Vergara

Ricardo comenzó a jugar al golf a los 17 años y, desde 2001, comenzó a formarse como instructor. Realizó seminarios y cursos de la Sociedad Argentina de Golf, capacitándose para abarcar todas las áreas: enseñanza y formación de jugadores de todas las edades, mantenimiento de la cancha y organización de torneos.
En el año 2020, Ricardo Aranda, llegó al club Fincas de San Vicente para asumir el rol de Jefe de Cancha. El panorama, según recuerda, no era alentador: “El golf estaba muerto, no jugaban mujeres y había pocos chicos tomando clases”. Desde el inicio, tuvo un objetivo claro: construir una comunidad. Para lograrlo, entendió que debía abrir las puertas a todos, especialmente a las mujeres. “El golf sigue siendo un deporte machista”, reconoce, pero esa realidad no lo detuvo.
“Jugaba al fútbol y mis profesores eran personas muy motivadoras, quería transmitir lo mismo. Soñaba con ser un gran jugador de golf, pero no se dio. Hoy no creo ser el mejor profesor, pero trato de ser uno que motiva”.
Su filosofía se centra en algo más que la técnica, busca inculcar perseverancia, constancia y actitud. A pesar de que el educador reconoce al golf como un deporte “individualista y competitivo”, cree que se puede enseñar desde el acompañamiento y la motivación.
En cuanto al aspecto emocional, Ricardo relata que vive de cerca cómo las expectativas familiares pueden frustrar a los chicos y alejarlos del deporte. “Quieren un Tiger Woods, pero no dejan que sus hijos disfruten", cuestiona. El orgullo y el ego de los padres en muchos casos "arruina" el vínculo con el deporte. El golf puede cambiarles la vida, pero tiene que ser disfrutado, no impuesto. Remarca que en la vida uno tiene que rodearse de personas que te motiven, que te hagan sentir que podés, que si te esforzás y trabajás lo vas a lograr, y eso intenta ser él para sus alumnos.

Recuerda dos casos que reflejan cómo la presión puede destruir la pasión. Uno de ellos era un niño de 10 años, campeón nacional, a punto de representar a Argentina, pero su padre lo empujaba más allá de sus límites; incluso haciéndolo entrenar en condiciones extremas. De manera similar, otro niño recibía gritos y correcciones constantes por parte de su padre mientras jugaba, y siempre terminaba llorando en el carro de golf. Ambos abandonaron el deporte. “No se dan cuenta del daño que le están haciendo psicológicamente a sus hijos”, advierte Aranda.
Su experiencia como profesional
“Aprender a jugar al golf es un trabajo a largo plazo, yo quise abandonar muchísimas veces”, asegura Ricardo. Durante sus primeros dos años como amateur no lograba clasificar, hasta que comprendió que debía atravesar un proceso de crecimiento antes de ver los resultados. Con la ayuda de un psicólogo deportivo, logró avanzar profesionalmente.
Sin embargo, se encontró con un obstáculo mayor. A pesar de su dedicación y logros como jugador amateur, llegó a ser número uno del país, Ricardo no conseguía sponsors. “En Argentina necesitas miles de dólares para competir afuera y no hay recursos. Mientras que en otros deportes, con un par de botines y una pensión barata, los chicos se van y consiguen contratos”.
Por muy talentoso que sea un jugador, invertir en golfistas implica un riesgo para las marcas, deben sostener la inversión durante años y tal vez recién al tercero comiencen a recuperar lo invertido. Esa realidad llevó a Ricardo a replantearse su carrera y enfocarse en la enseñanza y formar nuevos talentos, priorizando la comunidad sobre el éxito individual.
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